28 inviernos de rocanrol : La Marea de Berriozar que no cesa

Hay fechas que en el calendario del rock patrio no se marcan con tinta, sino con cicatrices y versos maldecidos. Ayer se cumplieron 28 años de aquel 24 de diciembre de 1997 en el que cinco chavales de Berriozar decidieron que el silencio de Navarra pesaba demasiado. Ese día nació la banda que hoy todos conocemos, aunque el destino —y el registro de patentes— tuviera otros planes iniciales.

El bautismo de fuego: Cuando el nombre se invirtió por azar

​Aunque en estos tiempos es vox populi, recordemos que, en sus primeros pasos, la banda no se llamaba Marea. En aquel diciembre del 97, el quinteto se bautizó como La Patera. De hecho, tenían todo listo para que su primer asalto discográfico llevara por título el nombre de la propia banda.

​Sin embargo, el rock and roll también entiende de burocracia y trabas legales. Al intentar registrar el nombre, descubrieron que ya existía un grupo con la marca «La Patera» bajo llave. Intentaron convencer al grupo que les cediera el nombre, ante la negativa, los de Berriozar decidieron invertir los términos del disco y pasaron a llamarse Marea y su primer disco recibió en título de «La Patera». Un cambio de orden que, visto con perspectiva, parece obra de la providencia: la marea terminó subiendo tanto que hoy inunda todo el país.

​La estirpe de los poetas del asfalto

​Cuando Kutxi Romero soltó la llana para empuñar el bolígrafo, el rock urbano español encontró a su último gran cronista. Marea no inventó la rueda —ahí estaban los maestros Leño o la sombra alargada de Extremoduro—, pero le pusieron una tracción de sangre y vísceras que nadie más tenía.

​Kutxi, el poeta que huele a cemento y a literatura de alta alcurnia, junto a la solvencia de Alén, la pegada del Piñas y el virtuosismo de Kolibrí y César, formaron un bloque de hormigón que 28 años después sigue sin una sola grieta. Son los mismos cinco tipos que empezaron en aquel local frío de Navarra; una lealtad que hoy es un milagro en la industria.

​El legado de la marea alta

​Lo que hace a Marea diferentes no es solo su música, es su ética. En un mundo de algoritmos, ellos han mantenido la bandera de la honestidad: letras de orfebre que se esculpen con paciencia de artesano y un respeto sagrado por el barrio y por su gente.

​Ayer se cumplieron 28 años desde que aquella primera marea —que casi fue patera— empezó a subir. Con discazos como Besos de Perro o 28.000 puñaladas tatuados en la memoria, y tras el reciente zarpazo de Los potros del tiempo, queda claro que no son una banda de paso. Son la banda sonora de varias generaciones que aprendieron que el rocanrol es, ante todo, una forma de no rendirse.

¡Larga vida a los Marea!

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