Si hay una imagen que define la honestidad y la coherencia en el rock español, esa es la de Rosendo Mercado. Pero hubo una noche en la que esa imagen cobró una dimensión histórica, casi poética. Ocurrió el 26 de marzo de 1999, cuando el de Carabanchel decidió que el mejor sitio para grabar su disco en directo no era un palacio de deportes ni un estadio, sino el patio de la cárcel de su barrio.
Rescatamos de El Mentidero del Rock Español de Sergio Martínez García la crónica de cómo Rosendo llenó de libertad un recinto diseñado para quitarla.
Un escenario con fantasmas
Antes de que la piqueta entrara a derruir la ominosa cárcel de Carabanchel en mayo de ese mismo año, Rosendo quiso convertir aquel patio central en una sala de conciertos. Durante años, el músico había imaginado desde fuera las historias que ocultaban aquellos muros. Esa noche, sin embargo, el guion cambió: el recinto se llenó de 3.000 personas en libertad pisando el mismo suelo por el que antes paseaban los reclusos.
La entrada costó unas simbólicas 1.000 pesetas (6 euros al cambio) y se agotaron todas las localidades. Hacía frío, pero el ambiente, según relatan las crónicas de la época, fue sencillamente apoteósico.
La banda, los amigos y la «manera de vivir»
Rosendo no estuvo solo en esta aventura carcelaria. A su lado, sus fieles escuderos: Rafa J. Vegas al bajo y Mariano Montero a la batería. Pero la noche pedía algo más, un guiño al pasado.
Por el escenario pasó Luz Casal, vieja amiga y colaboradora del rockero. Para los que no revisan los créditos de los vinilos: Luz ya había participado como corista en el primer directo de Leño en 1981. Aquella noche en la cárcel, volvieron a cruzar sus caminos interpretando juntos el tema A la sombra de una mentira. También se subieron a las tablas los músicos de Red House, con Jeff Espinoza al frente, para arropar al jefe.
El repertorio fue un repaso a una vida de rock: desde Vaya ejemplar de primavera hasta Flojos de pantalón, pasando por Pan de higo y, por supuesto, Agradecido.
Un gesto noble para cerrar el círculo
Aquel concierto quedó inmortalizado en el disco y vídeo «Siempre hay una historia». Pero lo que hizo grande a Rosendo aquella noche no fue solo la música, sino el destino de la taquilla.
Lejos de buscar el lucro, el de Carabanchel donó todos los beneficios del concierto a la ONG Basida. Esta organización luchaba contra el SIDA, una enfermedad que, al igual que la heroína, se había convertido en una lacra devastadora en los años ochenta y noventa.
Rosendo entró en la cárcel para grabar un disco y salió habiendo escrito una de las páginas más dignas de nuestra música. Porque, como bien dice el título del álbum resultante, siempre hay una historia.
Extracto adaptado de «El Mentidero del Rock Español» (2020), de Sergio Martínez García.
